Como todos los años, el pasado sábado acudimos a la cena en El Churrasco en conmemoración del enésimo cumpleaños de Rjajaja. La velada transcurrió entre jamón, berenjenas, salmorejo, setas, tartar, carne, anchoas y demás viandas con las que nos agasajó el anfitrión. Mención especial para la deliciosa tarta de queso, receta familiar de la Encantadora. Es un placer asistir a tan ilustre evento. Gracias.

Después de la cena, mi hermano Lord y yo, abandonados a nuestra suerte por los demás comensales, no tuvimos más remedio que pasarnos por O Donoghue’s para terminar la noche. Allí vivimos la situación curiosa de la noche. Las últimas unidades de una despedida de soltera, conocidas de Lord, se sentaron con nosotros. Una de ellas pidio la copa más curiosa que se puede ver. Un botellín de agua y un Espidifen. ¿Nadie le dijo que la cogorza no se quita así?. Y encima, antes de irse, no tuvo vergüenza para enseñarnos la factura de las compras que habían hecho en la despedida de soltera; bolas chinas y demás juguetitos, señalando a las personas que las habían adquirido :).

Cuando ya casi cerraban O Donoghue’s (algo que últimamente parece costumbre en mi persona: ¡Noooooorm!) decidimos volvernos a casa, sin saber que nos ibamos a encontrar a un ser extraño como pocos y que me ha marcado para siempre. En pleno vial, corriendo, vestido únicamente con zapatillas de deporte y un meyba (y nada más), con una lata en la mano que creo que era Red Bull, apareció un ser que me recordó al vikingo bailongo. No paraba de repetir constantemente “me duele la cabeza” mientras corría, a ratos por la acera a ratos por la carretera, dirección de el brillante. Para mear y no echar gota.